Ratisbona es una ciudad alemana situada a la orilla del Danubio. En su casco histórico, bien conservado, llaman la atención algunas casas-torre a imitación de las que existían en la Toscana; son, aparte de los dos primeros pisos, pura apariencia, espacio vacío; una forma de ostentación. En el centro de la ciudad se alza su imponente catedral de estilo gótico francés.
Al llegar a la ciudad, navegando Danubio arriba, dos
construcciones llaman poderosamente la atención: la catedral y el inmenso
puente de piedra. Ambos tienen en común haber sido construidos en época
medieval. El puente sufrió desperfectos a lo largo de la historia, por tanto,
ha necesitado muchas reformas; la última durante la década pasada; desde entonces
es únicamente peatonal.
A la largo del mes de diciembre, con la proximidad de las
navidades, se instalan mercadillos en multitud de ciudades y pueblos de
Alemania. En Ratisbona, hay varios en esta época. Uno de ellos está
precisamente al otro lado del puente. Por ello no es de extrañar que deambule
por él un auténtico hormiguero de gente. Cuando volvía de visitar dicho
mercadillo tomé la fotografía protagonista de esta historia. Quería aprovechar
la línea que marca el pretil del puente para dirigir la vista hacia las torres
de la catedral recortadas sobre un tejado de pendiente vertiginosa y detrás de
la puerta de entrada al puente.
Aunque no lo pretendía cuando hice la foto, quiero centrarme
ahora en otros detalles y hacerlos a ellos protagonistas. La foto se toma a las dos y meda de la tarde,
según indica el reloj de la torre-puerta de acceso al puente. ¡Cuánta gente a esa hora! Van y vienen
abrigados; seguro que hace frío. Algunos pasan, sin más, en dirección a la
entrada del puente; ya visitaron el mercadillo; no sabemos si les gustó o no.
Hay un grupo de tres personas paradas cerca de la salida; comentan, miran
fotos, planean actividades… Frente a nosotros están los que vienen. El
fotógrafo los sorprende y su reacción es diferente. Un señor, de pelo y barba
entrecanos va caminando dentro de su propio mundo, indiferente a la multitud
que le rodea. La muchacha de abrigo blanco y gorro azul charla amigablemente
con alguien a quien no vemos; debe de ser una conversación alegre pues ella
está sonriente. Más adelante, otra señora parece sorprendida por el fotógrafo y
vuelve ligeramente la cabeza como no queriendo salir en la foto. Ya, en primer
plano, este joven alegre que saca su lengua como haciendo un guiño cómplice al
fotógrafo.
Podemos abrir todavía más la amplitud de nuestra vista y
salirnos de la línea que marca el pretil del puente; ahí están, en el agua del
río, los reflejos de los coloridos edificios de la derecha de la imagen. Y si
apuramos un poco y nos acercamos más, bajo el arco vemos colgados motivos
navideños. ¡Cuántas cosas se nos ocultan detrás de la primera mirada! No
renunciemos a ella, pero miremos una segunda una tercera vez…o las que sean
precisas hasta percibir cada uno de los elementos que componen el conjunto de
la escena.

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