A principios del mes de junio de hace dos años, estuve
jugando en el campo de golf de Riocerezo. Tarde espléndida de luz y
temperatura, pero regular, como casi siempre, por el juego desplegado.
Al llegar a casa y sacar la bolsa de los palos del maletero
del coche, descubrí dentro una culebra de medianas dimensiones. ¿Cómo se había
podido introducir en el maletero? Supuse que en el recorrido por zonas de
árboles y arbustos de donde debí sacar la bola en más de una ocasión se quedó
enganchada a la bolsa y se introdujo en alguno de los compartimentos de la
misma. Al terminar la partida introduje la bolsa en el coche sin observar nada;
en el trayecto a casa debió salirse de la bolsa y quedarse libre en el
maletero.
En un primer momento me hizo gracia verla serpentear y la
dejé moverse a su aire mientras buscaba algo adecuado para sacarla. Pero todo
cambió al percatarme de que era una víbora, especie peligrosa y, además,
protegida. Intenté sacarla con ayuda de un palo, pero se introduje entre los
asientos por el respaldo de los mismos. Los plegué hacia adelante pensando que
así la atraparía fácilmente, pero antes de poder capturarla, aprovechó una
pequeña ranura para acceder al habitáculo que hay bajo la banqueta del asiento.
¿Qué hacer? No sabía cómo sacarla; esperar a que saliese era una empresa harto
difícil.
La víbora es especie protegida por tanto el único recurso en
el que pensé fue llamar al 112. Muy amables, me contestaron pidiéndome que
expusiera la causa de mi llamada. Al conocerla, me pusieron en comunicación con
la Delegación de Medio Ambiente. La respuesta que me dieron fue frustrante.
“Todos los agentes están atendiendo urgencias y no podemos enviarle a ninguno”
-
Díganme,
entonces, qué hago y cómo actúo -les contesté.
No obtuve ninguna respuesta concreta; sólo vaguedades…Llame
al seguro del coche, vaya a un taller mecánico, deje las puertas del coche
abiertas…
Anocheció y la víbora seguía dentro. Dormí mal, preocupado,
sin saber qué actitud o decisión tomar. Por la mañana volví a llamar al 112; la
misma respuesta. La frustración primera aumentó; también mi enfado y mal humor.
Alguien me dijo que avisara a los bomberos; lo hice. Estaban dispuestos a
acudir a intentar solucionarme el problema; me dejaron claro que desmontarían
el coche hasta encontrarla, pero no se hacían cargo de los desperfectos del
mismo. Además, añadieron, me cobrarían el servicio. Ante esto y la consiguiente
parafernalia que conllevaría su llegada les agradecí su buena disposición, pero
decliné su ofrecimiento.
Era sábado; tuve el coche abierto todo el día a ver si la
víbora salía por su propia voluntad; incluso arranqué el motor y puse la
temperatura interior lo más bajo posible; tal vez el frío le forzara a salir.
Todo en vano. Había que tomar alguna decisión. Mi yerno me había comentado que
tal vez si desanclábamos el asiento podríamos acceder al escondite de la
víbora. Pasó el día.
El domingo por la mañana puse en marcha la decisión tomada
durante la noche: levantaría la banqueta del asiento, aunque debiera después
llevar el coche a reparar, pero tenía que encontrar la víbora y sacarla.
Tomé el hierro 7; mi yerno, no sin miedo, me ayudó a
desanclar y levantar el asiento…y allí estaba la víbora, encogida en una suerte
de anillos concéntricos. No lo pensé; blandí con rabia el hierro; dos golpes
bastaron para acabar con el problema. Metí lo que quedaba de ella en una bolsa
y la arrojé al contenedor de la basura. Después recolocamos el asiento;
afortunadamente no se rompieron los anclajes.
Al día siguiente, lunes, todavía estaba yo en la cama cuando
me llamaron por teléfono. Era un técnico de Medio Ambiente interesándose por mi
problema. Le manifesté mi descontento e indignación por la deficiente actuación
de su Departamento. Pidió disculpas que yo no le admití. Me preguntó si se había solucionado. “Sí”, le
contesté, “no con pocas dificultades saqué la víbora del coche y la devolví a
la naturaleza”.
Habían pasado más de dos meses cuando un día recibí una
llamada del 112 pidiéndome que hiciera una valoración de su servició. Me
contuve; les recordé lo sucedido y les dije que hicieran ellos mismos la
valoración.
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