Con bastante frecuencia me desplazo al pueblo donde nací y
paso allí algunos días. Me gusta cuidar y mantener abierta la casa familiar, la
casa que mis padres me legaron. Es un pueblo pequeño, desconocido, apenas
importante. Volver a él representa para mi recuperar tiempos pasados, vivencias
y recuerdos; sobre todo recuerdos.
Cuando camino por las calles o cuando paso ante algunas casas
siento que vienen a mi memoria acontecimientos o personas de los días de mi
niñez. A veces me cuesta distinguir lo que tienen de real de lo que mi recuerdo
impreciso inventa o revive. Por ello me gusta hablar con la poca gente mayor
que aún queda viva para despejar todo lo posible las dudas e incertidumbres que
dominan mis recuerdos y los difuminan. ¡Tantas cosas por recordar y volver a
vivir…! También yo me voy haciendo mayor y sigo aferrándome a aquellas
vivencias de los días lejanos de mi infancia para no olvidarlas.
Igualmente me agrada dar paseos por el campo y por el entorno
del pueblo. Un día de estos últimos de diciembre pasado decidí subir hasta un
páramo cercano desde cuya altura se divisa una amplia panorámica de mi pueblo y
de los campos que le rodean ya con el trigo recién nacido en las tierras y
trocando el color amarronado oscuro en un verde prometedor.
Al pasar al lado de la vieja iglesia, un tropel de recuerdos
asaltó mi mente; me devolvieron a un tiempo pasado, a mis días de niño.
Entonces la iglesia estaba en pie y se asomaba airosa a una pequeña costanilla
desde la que dominaba el caserío del pueblo acostado a sus pies... Hoy está
arruinada, desmochada su torre y sin campanas desde hace más de cuarenta años.
Se mantienen en pie, orgullosas, sus paredes de piedra bien tallada y formas
regulares; las cubiertas, sin embargo, ya son sólo ruina.
Mi recuerdo voló de inmediato a una de las capillas
laterales, entonces con su techo abovedado y nervaduras de yeso pintado de un
color gris claro. En época de navidad allí se instalaba un Belén que a mí me
parecía enorme. En un paisaje de montañas hechas con papel de estraza y
cartones pegados con engrudo, pintados con multitud de colores, se situaba, en
primer lugar, una especie de cueva en la que se colocaban las figuras de San
José, la Virgen y el Niño. Este era bastante grande y destacaba sobre las otras
figuras de la cueva. Estaba recostado en un canastillo sobre un lecho de
virutas de madera; después de las misas, se ofrecía a los asistentes para que
le besaran un dedo del pie.
Al lado de las representaciones del belén no faltaban ni el
buey ni la mula. Desperdigados por el paisaje de ficticias y efímeras colinas
había pastores, ovejas, labriegos, lavanderas…y los Reyes Magos asomando por un
recodo del camino en dirección al portal. Recuerdo con cariño y cierta
nostalgia aquel Nacimiento; así lo llamábamos.
Seguí mi paseo hacia el páramo, pero el recuerdo de aquel
Belén me trajo otros de las lejanas navidades de mi niñez. Todos son agradables
y placenteros pues, entonces, ni la felicidad ni la desdicha eran conceptos o
cuestiones que yo percibiese conscientemente. La vida era muy sencilla y,
simplemente, la vivía; era niño y el horizonte que me rodeaba noi iba más alá
de las casas y las calles de mi pueblo.
Por aquella época había en casa una radio enorme y vieja que
había venido, seguramente, de Barcelona, desechada por alguno de mis tíos que
allí vivían. Necesitaba un voltímetro y un estabilizador que eran tan enormes
como la propia radio; con la corriente eléctrica de la época, inestable y
débil, no era posible oírla sin aquellos artilugios; y, aun así, entre continuas
interferencias.
En los días que iban desde Navidad a la víspera de Reyes,
ponía en marcha aquella vieja radio para escuchar cómo unos locutores leían
cartas que escribían los niños a los Reyes Magos pidiéndoles regalos, juguetes,
sobre todo. En la oscuridad de la tarde, mientras mi madre atendía a sus cosas,
yo oía la lectura de las cartas. No tengo noción de haber sentido envidia ni
deseos de poseer lo que en aquellas cartas solicitaban los niños. Tampoco
recuerdo haber escrito nunca a los Reyes Magos. Estos venían sin más; casi cada
año traían lo mismo: calcetines o jerséis que, seguramente, tejía mi madre;
lápices de colores, algún cuaderno para la escuela, un estuche de madera y
alguna que otra baratija o juguetillo insignificante. Algo que nunca faltaba al
lado de los zapatos colocados junto a la ventana era una cajita redonda de
cartón con un dibujo impreciso en la tapa; en su interior había una figura, con
forma de culebrilla, de mazapán cuyos ojos eran bolitas de anís.
Mientras camino, me siguen asaltando recuerdos, más bien
retazos, fragmentos de los mismos, en una sucesión inconexa e imprecisa. Ya he
llegado a la cima del páramo y, al contemplar desde allí las casas y las
calles, un último recuerdo navideño acude a mi memoria. Veos aquellas calles,
entonces casi siempre embarradas o con nieve en invierno y me veo a mí mismo y
a otros niños, en la mañana de Año Nuevo ir por las casas de los abuelos y los
tíos pidiendo el aguinaldo. Nos daban naranjas, castañas, mazapanes, almendras
recubiertas de dulce que llamábamos peladillas, galletas…Ni el barro ni el frío
nos impedía salir a pedir el aguinaldo.
Al terminar con los familiares era como un rito ya
establecido que todos los niños y niñas fuéramos a la cantina del pueblo; era
el único día que podíamos entrar allí; el cantinero nos daba mazapanes,
mandarinas, polvorones…y también gaseosa con un poquito de cerveza que bebíamos
a tragos de un porrón de cristal; casi se nos caía más que lo que bebíamos por
la cara y por encima de la ropa.
De regreso a casa de mi paseo, paso de nuevo al lado de la
iglesia derruida y del cementerio situado junto a ella. Una nostalgia dulzona y
triste a la vez me embarga ahora. ¡Tantas cosas se llevó el tiempo! ¡Tanto
pasado en este pequeño cementerio! De las navidades de mi niñez tan sólo añoro
aquel discurrir de la vida de una manera natural, sin antes y sin mañana; sin
penas o alegrías que durasen más que un momento. Hoy todo es distinto o, tal
vez, sólo sea yo distinto

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