domingo, 2 de febrero de 2025

EL DESCANSO DEL PARTIDO

Muchos años atrás había sido socio del club local de baloncesto. Después de unos partidos vibrantes
frente a rivales complicados, logró el ascenso a la categoría más alta del basket nacional.

Durante algunas temporadas, el equipo se mantuvo en la categoría. Yo disfrutaba enormemente de aquellas tardes de encuentros frente a los equipos más fuertes y punteros de la división. El pabellón, por momentos, era un clamor de gritos de ánimo y cánticos de alegría; otras veces, en situaciones decisivas, había un silencio expectante; entonces sólo se oían los sonidos agudos, casi metálicos, de las zapatillas de los jugadores en sus roces y resbalones sobre el parquet; sonaban nítidas las órdenes de los técnicos y el silbato de los árbitros restallaban como un látigo invisible.

Llegó un día en que la normativa federativa obligó a hacer cambios en las sociedades deportivas. La nuestra no fue una excepción. Y con ella vino la decadencia. Se cruzaron intereses políticos, económicos, administrativos…que afectaron a la estructura del equipo. Se perdió la categoría y el equipo se trasladó a la capital de la Comunidad.

Estos últimos años ha surgido un nuevo equipo en la localidad y pelea por mantenerse en una categoría intermedia del baloncesto. Dos semanas atrás, decidí asistir a un partido. Tal vez me animara de nuevo y me hiciera socio.

Dentro ya del pabellón, me sentí un poco extraño; habían cambiado tanto las cosas…El recinto no estaba lleno, pero, aun así, el ruido era considerable: voces, gritos, chillidos, sonidos terriblemente agudos y monocordes de una especie de trompetillas, golpeo de bombos y tambores… ¡Qué sería con el pabellón lleno!

El partido estaba resultando entretenido. El equipo rival oponía fuerte resistencia; por ello los gritos de ánimo de los seguidores locales llenaban el pabellón; eran continuos, sin descanso y casi ahogaban los sonidos chillones de aquellas trompetillas inmoduladas.

Llegó el descanso y pareció que el pabellón recobraba la calma y la tranquilidad. Fue sólo una sensación momentánea; enseguida los ruidos, voces, conversaciones a gritos, se mezclaron de tal manera que me sentía como si flotara en un mar espeso entre olas con aristas que se clavaban en mis oídos y hasta en mi ánimo.

Dos filas de asientos más abajo de donde yo estaba alguien hablaba a no sé quién; yo le veía mover los labios, pero no podía oír ni entender sus palabras; detrás de mi estaban sentados unos mozalbetes con esa especie de trompetillas dichosas haciéndolas sonar desaforadamente. Cuando estos cesaban en sus trompetazos, discusiones y voces ascendían desde las zonas más próximas a la pista mostrando un descontento acalorado hacia la mesa de asistentes arbitrales. Por encima de ellas, surgió potente y descontrolada otra voz; no, no era voz, era un rugido: “Entrenador, inútil; si no sabes hacer más, vete a tu casa”.  La respuesta inmediata, “vete tú, payaso”, atravesó el griterío como una exhalación que llegó nítida hasta la última gradería. Indiferente a esta parafernalia, un vendedor de refrescos y bocadillos se desgañitaba en vano pregonando su mercancía. Ahora, el speaker, para hacer más llevadero el descanso del partido, voceaba comiéndose casi el micrófono, algo referente a un concurso de enceste por parte de los aficionados; unos pocos salieron trotando hacia él; empujones y golpes hasta hacerse con los balones que estaban en un cesto.

Mientras, por los pasillos del graderío, carreras y saltos de niños y jovenzuelos; atropellando y molestando a los espectadores que se habían levantado a charlar o cambiar impresiones con conocidos situados en otras filas de asientos.

Silbidos, improperios, insultos irrepetibles hacia los jugadores del equipo contrario al salir de los vestuarios por una puerta lateral. Más atronador fue un momento después el ruido de los instrumentos de viento y percusión, los golpes en el piso y en los respaldos de los asientos al entrar en la pista los jugadores locales. No podía entender las palabras, entre soeces y festivas, que eran dirigidas al trío arbitral en su acceso a la cancha; el festival de silbidos y sonidos guturales se imponía por encima de todo. Una voz en off, imposible de entender, intentaba recordar a los asistentes que ocupasen sus localidades.

Por fin comenzó la segunda parte y volvió, momentáneamente, una tranquilidad relativa, una calma inestable.



No hay comentarios:

Publicar un comentario