Muchos años atrás había sido socio del club local de
baloncesto. Después de unos partidos vibrantes
frente a rivales complicados,
logró el ascenso a la categoría más alta del basket nacional.
Durante algunas temporadas, el equipo se mantuvo en la
categoría. Yo disfrutaba enormemente de aquellas tardes de encuentros frente a
los equipos más fuertes y punteros de la división. El pabellón, por momentos,
era un clamor de gritos de ánimo y cánticos de alegría; otras veces, en
situaciones decisivas, había un silencio expectante; entonces sólo se oían los
sonidos agudos, casi metálicos, de las zapatillas de los jugadores en sus roces
y resbalones sobre el parquet; sonaban nítidas las órdenes de los técnicos y el
silbato de los árbitros restallaban como un látigo invisible.
Llegó un día en que la normativa federativa obligó a hacer
cambios en las sociedades deportivas. La nuestra no fue una excepción. Y con
ella vino la decadencia. Se cruzaron intereses políticos, económicos,
administrativos…que afectaron a la estructura del equipo. Se perdió la
categoría y el equipo se trasladó a la capital de la Comunidad.
Estos últimos años ha surgido un nuevo equipo en la localidad
y pelea por mantenerse en una categoría intermedia del baloncesto. Dos semanas
atrás, decidí asistir a un partido. Tal vez me animara de nuevo y me hiciera
socio.
Dentro ya del pabellón, me sentí un poco extraño; habían
cambiado tanto las cosas…El recinto no estaba lleno, pero, aun así, el ruido
era considerable: voces, gritos, chillidos, sonidos terriblemente agudos y
monocordes de una especie de trompetillas, golpeo de bombos y tambores… ¡Qué
sería con el pabellón lleno!
El partido estaba resultando entretenido. El equipo rival
oponía fuerte resistencia; por ello los gritos de ánimo de los seguidores locales
llenaban el pabellón; eran continuos, sin descanso y casi ahogaban los sonidos
chillones de aquellas trompetillas inmoduladas.
Llegó el descanso y pareció que el pabellón recobraba la
calma y la tranquilidad. Fue sólo una sensación momentánea; enseguida los
ruidos, voces, conversaciones a gritos, se mezclaron de tal manera que me
sentía como si flotara en un mar espeso entre olas con aristas que se clavaban
en mis oídos y hasta en mi ánimo.
Dos filas de asientos más abajo de donde yo estaba alguien hablaba
a no sé quién; yo le veía mover los labios, pero no podía oír ni entender sus
palabras; detrás de mi estaban sentados unos mozalbetes con esa especie de
trompetillas dichosas haciéndolas sonar desaforadamente. Cuando estos cesaban
en sus trompetazos, discusiones y voces ascendían desde las zonas más próximas
a la pista mostrando un descontento acalorado hacia la mesa de asistentes
arbitrales. Por encima de ellas, surgió potente y descontrolada otra voz; no,
no era voz, era un rugido: “Entrenador, inútil; si no sabes hacer más, vete a
tu casa”. La respuesta inmediata, “vete
tú, payaso”, atravesó el griterío como una exhalación que llegó nítida hasta la
última gradería. Indiferente a esta parafernalia, un vendedor de refrescos y
bocadillos se desgañitaba en vano pregonando su mercancía. Ahora, el speaker,
para hacer más llevadero el descanso del partido, voceaba comiéndose casi el
micrófono, algo referente a un concurso de enceste por parte de los
aficionados; unos pocos salieron trotando hacia él; empujones y golpes hasta
hacerse con los balones que estaban en un cesto.
Mientras, por los pasillos del graderío, carreras y saltos de
niños y jovenzuelos; atropellando y molestando a los espectadores que se habían
levantado a charlar o cambiar impresiones con conocidos situados en otras filas
de asientos.
Silbidos, improperios, insultos irrepetibles hacia los
jugadores del equipo contrario al salir de los vestuarios por una puerta
lateral. Más atronador fue un momento después el ruido de los instrumentos de viento
y percusión, los golpes en el piso y en los respaldos de los asientos al entrar
en la pista los jugadores locales. No podía entender las palabras, entre soeces
y festivas, que eran dirigidas al trío arbitral en su acceso a la cancha; el
festival de silbidos y sonidos guturales se imponía por encima de todo. Una voz
en off, imposible de entender, intentaba recordar a los asistentes que ocupasen
sus localidades.
Por fin comenzó la segunda parte y volvió, momentáneamente,
una tranquilidad relativa, una calma inestable.


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