Hoy, día 27 de septiembre, estoy aquí sentado detrás del ventanal en la zona alta de la bodega. Ante mí, las viñas en la suave ladera de esa colina que mira hacia el sur protegidas de los fríos vientos del norte. Es un día enormemente triste;
una persistente tormenta de viento huracanado, agua torrencial y granizos de gran tamaño, ha causado la ruina de la ya inminente y prometedora cosecha. No sólo se ha perdido esta, si no que la viña misma ha quedado seriamente dañada; difícilmente dará fruto el año que viene; además, habrá que arrancar muchas cepas que son ya irrecuperables. Abrumado ante la magnitud del desastre, sostengo en mi mano una copa con uno de mis mejores vinos conseguidos como enólogo-bodeguero. Por encima del dolor de la viña perdida, aprecio sus equilibrados taninos y su infinidad de matices. Me costó mucho alcanzar esta excelencia; estudié, investigué, me sobrepuse a todo…y el resultado fue óptimo, el esperado; no podía ser menos. Pero al ver ahora, cuando agito levemente la copa, esa lágrima que se desliza por el interior del cristal, hace que mis ojos también se humedezcan y se nublen ante el macabro espectáculo de las cepas destrozadas. Pese a ello, su sabor a vainilla, frutas maduras, notas florales, paso sedoso en boca con matices especiados que proporcionan un inolvidable postgusto, me trasporta a aquella fiesta que mi padre daba, tantos años atrás, para celebrar mi titulación académica e introducirme en su grupo de empresarios. El gusto indefinible del vino que se sirvió en el almuerzo se adueñó de mí y me atrapó de tal manera que cambió toda mi vida. Salí de la fiesta decidido a elaborar por mí mismo un vino como aquel.Era joven, con mi carrera de Ciencias
Empresariales recién terminada; se abría ante mi un futuro lleno de buenos
augurios; las empresas familiares me esperaban para que, en breve, me hiciera
cargo de la administración de las mismas. Mis padres y mis tíos se felicitaban
porque había surgido, por fin, el continuador de sus largos años de trabajo
hasta conseguir aquella boyante posición económica.
Mi padre organizó una gran fiesta para
presentarme, con gran boato y solemnidad, a todos sus amigos empresarios;
estaba exultante; por fin había un heredero bien preparado y decidido a hacerse
cargo de sus empresas; seguro que las ampliaría y haría que alcanzasen nuevas
cotas de éxito. Yo también estaba decidido a utilizar mis conocimientos más
innovadores para llevarlo a cabo. No en vano había realizado estudios en las
universidades más prestigiosas de Alemania y Estados Unidos.
La fiesta-presentación tuvo lugar en los
salones del hotel Sheraton. Allí acudió lo más granado de la sociedad:
industriales, banqueros, economistas famosos e, incluso, intelectuales y
teóricos de la ciencia y las artes.
El ambiente no me era desconocido, pero
tanta gente importante me abrumaba; no obstante, tras unos primeros momentos de
cierta timidez, me distendí y conseguí moverme entre aquella élite con soltura
y no poco desparpajo.
Después de las presentaciones, los
canapés, aperitivos, brindis, risas y situaciones variopintas, pasamos al
comedor. A mí me situaron en la parte más noble de la mesa, entre mi padre y
mis tíos. Los tres, unidos siempre, habían conseguido elevar la empresa a su
gran nivel actual haciendo frente, por el camino, a multitud de vicisitudes y
dificultades.
Todo fue normal hasta que me sirvieron un
vino que nunca antes había probado. Agité suavemente la copa, con gestos
circulares para que el vino soltara sus aromas; los aspiré con fruición. La
lágrima que resbalaba lentamente por el cristal de la copa me hizo notar su
perfecto grado de acidez. Bebí despacio, saboreando y captando sus matices; lo
tragué. Bebí de nuevo y fue como si un río de gozo, de frescura, de notas
florales, de frutas, de leves tintes de madera …manase de mi boca y me inundara
todo por dentro. Y entonces tomé la decisión. Yo tenía que elaborar un vino tan
sublime como aquel; lo conseguiría.
No hubo más en mi cabeza durante el resto
de la comida; sólo el vino. No abusé de él pues no quería que el alcohol me
privase del placer, de la delicia y de los sentimientos que aquel vino producía
en mí.
Y se lo dije a mi padre y a mis tíos. No
voy a entrar en la empresa, ni a dirigirla ni a hacerme cargo de ella. Voy a
dedicar todos mis esfuerzos, toda mi vida a obtener un vino tan exquisito, tan
extraordinario como el que hoy se ha servido. La decepción de los míos fue
enorme, pero la decisión estaba tomada. Yo mismo acepté que era una actitud
temeraria y arriesgada, con amplias posibilidades de fracaso. No quise
plantearme ni aceptar ninguna duda; estaba seguro de que, si no lo hacía así,
yo mismo acabaría renunciando a la idea y desistiendo de la misma.
No hubo más discusiones. Tuve suerte; mi
familia, a pesar del gran disgusto que les produje, no me abandonaron. Con su
ayuda, aunque después les devolví los créditos, compré siete hectáreas de
terreno orientado al sur en la ladera de una colina. Y allí planté las viñas...
Han pasado muchos años desde aquel día en
que decidí dedicarme a cultivar la tierra. No sabía nada de agricultura ni
había tenido ningún contacto con el campo y la labranza… Hoy, pese al desastre
que se extiende ante mí, no me arrepiento de aquella decisión.

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