LOS BORRACHOS O EL TRIUNFO DE BACO
Por fin hemos conseguido acceder al Prado. Ya estamos en una de las salas dedicadas a Velázquez. Este primer cuadro que voy a comentarte es de considerables dimensiones, 1,65 x 2,25 y fue pintado entre los años 1628 y 1629.
La escena que representa parece desarrollarse en una zona
campestre con unas colinas poco elevadas al fondo. Debe de estar mediada la
tarde puesto que la luz que ilumina a los personajes parece proceder de
poniente; lo mismo denotan los tonos levemente violetas con tintes sonrosados
de las nubes. Las ramas y hojas verdes de la viña o parra situada a la
izquierda nos permiten situar la escena en primavera avanzada o verano.
En la pintura hay nueve personajes distribuidos en dos partes
bien diferenciadas; a la derecha, seis personas de edad madura, con facciones
alegres y ojos vivarachos con cierto tinte ansioso. ¡Cómo te lo explicaría yo!
A ver, ¿tú recuerdas aquella canción de los Bocheros que decía “los borrachos
en el cementerio tienen salud”? Pues ese es su aspecto, si puedes imaginártelo;
borrachos, pero suficientemente cuerdos aun para ser atrevidos e iconoclastas.
A la izquierda, de donde viene la luz, hay otro grupo más
reducido; son tres. Uno está destacado en primer término; la luz resalta su
importancia y lo convierte en el núcleo; en torno a él se organiza toda la
escena de la pintura.
En este cuadro, como en la Fragua de Vulcano, se contraponen
y conjugan a la vez la mitología clásica y la realidad de la época. El
personaje central, Baco, está sentado en una especie de trono desde el que
ensalza y condecora con corona de hojas de parra a los que son dignos de entrar
en su cielo porque han bebido lo suficiente para ser considerados borrachos.
Detrás de Baco aparece, con una copa de licor en la mano, uno
de sus ayudantes celestiales que mira complacido y anima a los personajes
zaparrastrosos de la derecha del cuadro a hacer los méritos necesarios para
acceder al lado luminoso. Vemos, de espaldas, a uno que ya lo ha conseguido.
Agachado o arrodillado ante Baco le rinde pleitesía, pero ya está coronado con
las hojas de parra.
A punto de pasar al Olimpo en trance de coronación está el
primero de los mortales de la derecha; no le vemos la cara, pero sabemos que ha
escanciado ya una buena cantidad de licor; la botella vacía y el jarrillo a su
lado así lo atestiguan. El siguiente en esa cola de aproximación a Baco parece
un bandolero de Sierra Morena. A su lado, otros dos en la misma actitud alegre
y ansiosa por recibir el premio; para ello muestran sus méritos bebedores: una
fuente rebosante de vino, el más cercano y copa y vaso llenos, los otros dos.
Si esto no fuera suficiente, el color fuertemente enrojecido de sus rostros
bastaría.
Todavía detrás de estos tres citados aparecen dos más como
rogando, por las expresiones de sus rostros, que no se olviden de ellos, que
los tengan en cuenta.
Ahora quiero detenerme con más precisión en la figura del
dios Baco. Está bañado de luz blanca, casi transparente; ¿puedes imaginarlo?
Esa luz, al incidir sobre él, resalta sus formas, su torso, su brazo, su rostro
con tintes suavemente rojizos, sus labios carnosos… Y esa mirada hacia afuera
del cuadro que parece una invitación a pasar de este lado de la vida, oscuro,
con dolores, penas, pobreza…a la luz, a la luz más luminosa de un Olimpo
magnífico a través del divertido trámite de la bebida.
¡Hay tantas otras que no acierto a exponerte con lucidez para
que aprecies en su totalidad la magnificencia de “Los Borrachos o El Triunfo de
Baco!
Como te decía al principio, esta pintura de Velázquez puede
considerarse una contraposición entre lo divino luminoso y lo terrenal oscuro;
entre la luz y la sombra. O, tal vez, sea sólo la revelación por parte de
Velázquez de dos corrientes pictóricas distintas que influyeron en su pintura:
la renacentista italiana y la más oscura y tenebrosa en la línea de pintores
españoles como Ribera

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