arbitraria.
Dos días después de la jura de bandera, ¡oh suerte, ya éramos soldados!, nos enviaron a cada uno al cuartel que nos había correspondido. Los criterios de reparto tan sólo los jefes militares los sabían; sin embargo, nos parecía casi como una liberación; sería difícil estar peor que en el campamento.
A mí me destinaron a San Marcial, un cuartel de Infantería en Burgos; no obstante, estaba adscrito a Capitanía. Al llegar, nos recibió un capitán con medida amabilidad. Nos dio unas normas generales y pasó después a indicar a cada uno la misión que se le encomendaba. Finalizó el acto, pero a mi no me había nombrado; en la misma situación habían quedado algunos más. El capitán ya debía estar al corriente de ello porque mandó poner de pie a todos los que no había citado.
- ¿Tú quién eres? -se dirigió a mi cuando me levanté. Contesté con respeto y marcialidad
- A la orden de usted, mi capitán; soy BU-445.
Esta era la matrícula que me habían asignado al llegar al campamento a mediados de julio.
- Sí, tú eres el sanitario. Estás adscrito a la enfermería.
Debió ver mi cara de extrañeza y espanto al mismo tiempo porque, sin dejarme margen de respuesta, añadió:
- No te preocupes; aprenderás a poner inyecciones y a realizar curas.
Yo, sanitario; no me lo podía imaginar. Pánico me daban las inyecciones y ahora sería yo el que las pusiera; no era posible.
A la salida del acto, un soldado, un cabo rojo para ser exacto, que estaba fuera me dijo que le acompañase a la enfermería; el teniente médico, así me dijo, quería verme. Cuando entré el militar estaba sentado a una mesa consultando algún expediente o documento. Me cuadré en posición de firmes, me llevé la mano derecha a la altura de la sien y saludé.
- ¡A la orden de usted, mi tenie…!
No, aquellas dos estrellas que tenía en las hombreras de la camisa no eran de seis puntas; eran de ocho cada una. Turbado, avergonzado y con no poco miedo, corregí entre balbuceos.
- ¡A la orden de usía, mi teniente coronel!
No pareció haberse percatado de mi error o, al menos, no hizo referencia a él. Todo lo contrario, me tendió la mano por encima de la mesa y me dijo:
- ¡Qué tal, chaval! ¿Cómo estás?
Tomé su mano y saludé con formalidad y prevención, sin apretar demasiado y dejando al descubierto mi nerviosismo. Quiso calmar mi evidente turbación con palabras amables. Aquí estará bien, recalcó; la enfermería era un buen lugar para hacer la mili; me libraría, incluso, de hacer guardias en el cuartel. Añadió que Eugenio, el soldado con el que había ido, sería mi compañero allí; él me enseñaría cómo curar rasguños, golpes o heridas. Pero lo fundamental para empezar eran las inyecciones; había que vacunar a los soldados que, como yo, acababan de llegar; es en el brazo y no tienen dificultad. Terminó que Eugenio me instruiría sin demora.
Su saludo distendido, el roce de su mano con la mía, me llenó enseguida de una seguridad gratificante. El tacto cálido y firme a la vez de la misma, me transmitió sensaciones agradables. Al estrecharla fue como si una corriente de humanidad y confianza pasara a mi mano, ascendiera por las venas y ramificaciones nerviosas de mi brazo y alcanzase mi cerebro. Entonces vi claro que ya todo sería distinto, que el campamento en el descampado ardiente de Araka quedaba tan lejos que ya lo estaba olvidando.
Mis sensaciones táctiles no me engañaron. Aquel hombre era una persona buena y trataba a los soldados que acudían a la enfermería con dedicación y cariño. Me transmitieron confianza e información acertada. A través de ellas capté el bagaje enorme de humanidad que ese hombre poseía. Diría casi que sus manos acariciaban y hacían que las curas dolorosas o las inyecciones punzantes lo fueran menos.
Estrechar su mano me hizo, de manera inconsciente, pero firme, comprometerme con él; aprender sin demora sus enseñanzas y seguir sus consejos. Yo nunca defraudaría la confianza que ese militar médico depositó en mí. Y así fue. Pasé doce meses de mili agradables y tranquilos como sanitario. Los demás soldados nos llamaban Jeringas a los enfermeros; incluso los mandos usaban ese nombre cuando nos solicitaban atención o necesitaban que les pusiéramos una inyección en el botiquín de la enfermería o, incluso, en su casa.
La amabilidad y bonhomía que el teniente coronel Arciniega, ese era su nombre, me transmitió al estrecharme la mano hizo que yo aprendiera sin esfuerzo todo lo que un sanitario necesitaba para atender de manera eficiente la enfermería a la que me habían destinado.

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