lunes, 3 de marzo de 2025

EL MENDIGO

El hombre camina torpemente apoyado en un bastón rudo y nudoso; casi arrastra los pies. Calza unas botas sucias y desvencijadas; una de ellas, con la suela despegada, deja ver, los dedos de los pies y algún resto de lo que un día fue calcetín; las lleva desabrochadas, sin cordones, sueltas.

Los pantalones, grises, con manchas y recosidos de puntadas burdas, le quedan demasiado holgados; los sujeta a la cintura con una cuerda de esparto. Viste una chaqueta de color indefinido entre caqui y marrón pálido; mal abotonada, deja ver su pecho, curtido de soles y de vientos, sin camisa que lo cubra. Colgado del hombro, una alforja o zurrón de tela descosida y mugrienta.

Es un pordiosero que pide limosna por las puertas de ese pueblo alejado de todo, con casas de paredes de adobe roídas por el agua y el viento, de ventanas destartaladas y puertas de madera descolorida. Se diría que él es un complemento propio de este paisaje desolado y triste.

El hombre se detiene ante una de esas casas y golpea la puerta con su bastón. Nadie responde, pero no se impacienta; espera…y vuelve de nuevo a llamar; esta vez con golpes más fuertes. Ahora sí, alguien responde desde dentro con palabras confusas e inentendibles; pero no importa; él ya sabe qué debe contestar. Sin esfuerzo, como algo rutinario, contesta con voz humillada y servicial: “Ave maría purísima”. Es una forma de pedir, de mendigar un mendrugo de pan, unos céntimos o un trozo de tocino rancio. Con fingido respeto y cierta rabia contenida, ve como una mujer de rostro reseco y surcado de arrugas, pelo color ceniza y un moño descompuesto, casi en el cogote, se asoma al hueco de la media puerta; le mira de forma inexpresiva y le responde: “Dios le ampare” y vuelve lentamente su espalda encorvada hacia el interior de la casa. El hombre murmura algo entre dientes mientras mantiene su mirada de perro apaleado en la penumbra del portal. Y se queda ahí, ante la puerta, pensativo y cabizbajo; en sus ojos, gris oscuro, y apenas visibles bajo las pobladas cejas, aparece un destello acuoso; no son lágrimas; es tristeza, desesperación y, tal vez, un odio contenido. Antes de marchar mueve la cabeza a un lado y a otro; su pelo, greñas despeinadas y sucias, le cuelgan, largas, de su cabeza y le tapan las orejas. Levanta el rostro, ocultas sus facciones por una barba enredada y desigual que apenas deja ver su boca y hace un gesto poco amistoso con su bastón hacia la oscuridad del portal. Perece un espantapájaros patético y desgarbado; se ajusta torpemente su sombrero de paja desvaída y encamina su paso cansino hacia otra casa, hacia otro portal.

Hace mucho tiempo perdió toda esperanza; su vida es mendigar cada día de pueblo en pueblo, recorrer caminos polvorientos o embarrados. Es indiferente al sol y a la lluvia y, aunque el frío del invierno le llena pies y manos de sabañones que le sangran de tanto rascarse, no tiene o no le queda más perspectiva ni aliciente.

Ya empieza a caer la noche. Un perro le ladra cuando se dirige hacia un destartalado cobertizo que hay a la salida del pueblo; le amaga con el bastón y el perro no insiste. Se sienta sobre un tronco y deja caer su alforja sobre la paja del suelo. Introduce en ella una mano huesuda, con dedos delgados y extrañamente curvados, uñas largas y negras; cuando la saca tiene en su palma unos pocos céntimos tan oscuros y raídos como su piel. Los guarda con una mirada teñida de avaricia desengañada; tampoco hoy podrá beber vino aguado y ácido con que adormecer sus penas y soledades. Saca ahora un mendrugo de pan duro, oscurecido de días; lo sostiene en su mano mientras lo mira un momento. ¿Qué pensará? ¿Algún recuerdo, algún sentimiento especial? Nada delata su mirada. Trata de   morder el pan; entonces deja a la vista sus dientes, pocos, amarillentos, casi color ceniza. El mendrugo se le resiste. Al fin logra partir un pequeño trozo; saltan migas del mismo que se quedan prendidas y enredadas en su barba.

Enciende fuego y en una lata herrumbrosa calienta agua, añade un magro trozo de tocino rancio y algún mendrugo de pan que encuentra en el zurrón. Al menos cenará caliente. Después se tenderá en la paja del suelo y dormirá. Fuera, algún sapo quiebra el silencio con su nota lánguida y monótona. ¿Tendrá sueños agradables? ¿Tendrá pesadillas? ¿Y si sueña que mañana no amanece? Le gustaría que este sueño se hiciera realidad.

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