El hombre camina torpemente apoyado en un bastón rudo y nudoso; casi arrastra los pies. Calza unas botas sucias y desvencijadas; una de ellas, con la suela despegada, deja ver, los dedos de los pies y algún resto de lo que un día fue calcetín; las lleva desabrochadas, sin cordones, sueltas.
Es un pordiosero que pide limosna por las puertas de ese pueblo alejado de todo, con casas de paredes de adobe roídas por el agua y el viento, de ventanas destartaladas y puertas de madera descolorida. Se diría que él es un complemento propio de este paisaje desolado y triste.
El hombre se detiene ante una de esas casas y golpea la puerta con su bastón. Nadie responde, pero no se impacienta; espera…y vuelve de nuevo a llamar; esta vez con golpes más fuertes. Ahora sí, alguien responde desde dentro con palabras confusas e inentendibles; pero no importa; él ya sabe qué debe contestar. Sin esfuerzo, como algo rutinario, contesta con voz humillada y servicial: “Ave maría purísima”. Es una forma de pedir, de mendigar un mendrugo de pan, unos céntimos o un trozo de tocino rancio. Con fingido respeto y cierta rabia contenida, ve como una mujer de rostro reseco y surcado de arrugas, pelo color ceniza y un moño descompuesto, casi en el cogote, se asoma al hueco de la media puerta; le mira de forma inexpresiva y le responde: “Dios le ampare” y vuelve lentamente su espalda encorvada hacia el interior de la casa. El hombre murmura algo entre dientes mientras mantiene su mirada de perro apaleado en la penumbra del portal. Y se queda ahí, ante la puerta, pensativo y cabizbajo; en sus ojos, gris oscuro, y apenas visibles bajo las pobladas cejas, aparece un destello acuoso; no son lágrimas; es tristeza, desesperación y, tal vez, un odio contenido. Antes de marchar mueve la cabeza a un lado y a otro; su pelo, greñas despeinadas y sucias, le cuelgan, largas, de su cabeza y le tapan las orejas. Levanta el rostro, ocultas sus facciones por una barba enredada y desigual que apenas deja ver su boca y hace un gesto poco amistoso con su bastón hacia la oscuridad del portal. Perece un espantapájaros patético y desgarbado; se ajusta torpemente su sombrero de paja desvaída y encamina su paso cansino hacia otra casa, hacia otro portal.
Hace mucho tiempo perdió toda esperanza; su vida es mendigar cada día de pueblo en pueblo, recorrer caminos polvorientos o embarrados. Es indiferente al sol y a la lluvia y, aunque el frío del invierno le llena pies y manos de sabañones que le sangran de tanto rascarse, no tiene o no le queda más perspectiva ni aliciente.
Ya empieza a caer la noche. Un perro le ladra cuando se dirige hacia un destartalado cobertizo que hay a la salida del pueblo; le amaga con el bastón y el perro no insiste. Se sienta sobre un tronco y deja caer su alforja sobre la paja del suelo. Introduce en ella una mano huesuda, con dedos delgados y extrañamente curvados, uñas largas y negras; cuando la saca tiene en su palma unos pocos céntimos tan oscuros y raídos como su piel. Los guarda con una mirada teñida de avaricia desengañada; tampoco hoy podrá beber vino aguado y ácido con que adormecer sus penas y soledades. Saca ahora un mendrugo de pan duro, oscurecido de días; lo sostiene en su mano mientras lo mira un momento. ¿Qué pensará? ¿Algún recuerdo, algún sentimiento especial? Nada delata su mirada. Trata de morder el pan; entonces deja a la vista sus dientes, pocos, amarillentos, casi color ceniza. El mendrugo se le resiste. Al fin logra partir un pequeño trozo; saltan migas del mismo que se quedan prendidas y enredadas en su barba.
Enciende fuego y en una lata herrumbrosa calienta agua, añade un magro trozo de tocino rancio y algún mendrugo de pan que encuentra en el zurrón. Al menos cenará caliente. Después se tenderá en la paja del suelo y dormirá. Fuera, algún sapo quiebra el silencio con su nota lánguida y monótona. ¿Tendrá sueños agradables? ¿Tendrá pesadillas? ¿Y si sueña que mañana no amanece? Le gustaría que este sueño se hiciera realidad.
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