Monólogo de quien espera un tren para ir a trabajar
Todavía martillea en mis oídos el odiado sonido del despertador. El café apresurado mientras me pongo camisa y corbata no despeja mis dudas ni mis pesadillas.
¿Por qué hago esto cada día? Y cada día vuelvo a este andén, envuelto, como cada día en esa neblina fantasmal del amanecer. Cada día me encuentro con las mismas escasas personas; las mismas y, sin embargo, desconocidas siempre. La muchacha de párpados caídos, de sueño, supongo; el mendigo que en vano extiende su mano vacía y sucia. Cada día, un necio o ignorante o aburrido… me molesta con la misma pregunta. Como cada día, “que sí, que el tren llega a las 6,50”, contesto con desgana. Pero ya son las siete; otra vez tarde y no soporto a ese jefe estúpido y engolado que me recibe con sonrisa acusadora y maliciosa… Dios, el gas ¿lo desconecté o no? Maldigo las prisas y esta locura diaria que acaba conmigo lenta e inexorablemente. Necio, gasto la vida en inútiles empeños, en absurdos desvelos, en preocupaciones sin futuro. Ese tren…las 7,10; no me aguanto tengo que pasar al servicio…Y los documentos, ¿los dejé ayer en la oficina o los he olvidado en casa?... Por fin, renqueante, como cada día, aparece el tren con ese silbido asmático que tanto me deprime; hace que se agolpen en mi cabeza todos los tiempos perdidos, las madrugadas de cada día, los disgustos, los agobios, las miradas acusadoras, las medias sonrisas desconfiadas, las soledades, las rutinas… Y otra vez, como cada día, martillea en mi cerebro la misma pregunta. ¿por qué hago esto cada día?... Y decido no subir al tren.
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