Había un labrador en el pueblo que tenía una bodega. Todos los años, a comienzos de octubre, traía uvas para hacer vino; no sé de dónde pues en la zona en que vivíamos no había viñedos.
Eran uvas negras y con ellas obtenía un vino flojo, con poco cuerpo y un punto de acidez mal disimulado con aporte excesivo de azúcar. Estaban destinadas al consumo de su casa.
Cuando llegaba el tractor con el remolque cargado de uvas dejaba en el aire un aroma fresco, dulzón y acaramelado. Ese olor se mezclaba con el metálico y oscuro del humo que producía el tractor al quemar de manera deficiente el combustible. Era una mezcla heterogénea y extraña de olores, pero a los niños nos atraía y corríamos detrás hasta que llegaban a la bodega.
Descargaban las uvas en el lagar. Poco antes lo habían desinfectado con un polvo amarillo; todavía se apreciaba una nubecilla transparente que ascendía desde el fondo del lagar, penetraba por nuestras narices y nos producía picor y estornudos.
El azufre, ese era el polvo amarillo desinfectante, huele desagradable, rasca, casi hiere al aspirarlo. Era sólo un momento, mientras iban cayendo las uvas; enseguida se imponía la acidez de estas que iban llenando el lagar. ¿Cómo era posible si poco antes, en el remolque del tractor, el aroma de las uvas era más bien dulce con toques de almíbar? Tal vez se debía al contraste con el azufre; el resultado era un aroma turbio, líquido, cuya acidez casi se saboreaba.
Cuando el lagar se llenaba, unos hombres se descalzaban, se subían los pantalones hasta la rodilla, se metían dentro y comenzaban a pisar la uva. Aquí había ya un festival de aromas. El procedente de los calcetines y de las botas se superponía al levemente dulce que emanaba de las uvas. Después nos echaban fuera a los niños con voces que olían rancias, a tocino viejo; las uvas, mientras, desprendían sus efluvios azucarados y dolientes al compás de la presión de los pies sobre ellas.
Todavía hoy cuando paso al lado de aquel caserón, que fue bodega, abandonado y en ruina, me llegan en el recuerdo esos aromas contradictorios; el dulce de las uvas y el agrio y ácido del azufre con que habían desinfectado el lagar.
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