La fritada ya estaba en la sartén y cuando empezó a dorarse, le tiré el arroz, lo revolví, le di el último punto de sal; probé el sabor con un poco de caldo…
…Me quemé la lengua y la boca. Noté un extraño sabor; ¿sería por estar tan caliente? Tomé otro poco de caldo con una cuchara; soplé hasta que estuvo templado; probé de nuevo; pero el extraño sabor todavía estaba allí.
No podía ser; había seguido fielmente las instrucciones de la receta para hacer aquel guiso y obtener una deliciosa paella. No lo iba a poder conseguir porque el caldo tenía un sabor raro, malo. Ni salado ni soso ni ácido ni insípido… ¿Cuál era el problema que provocaba ese sabor desagradable? La fritada; no podía ser otro, aunque no acertaba a explicármelo. La cebolla, el pimiento, cada una de las verduras estaban sanas y limpias; las había ido cortando una por una y todas parecían en perfecto estado.
Después añadí las almejas y el pescado. El aroma era delicioso; me estimulaba el gusto y prometía un magnífico placer en la mesa; añadí a continuación el agua de hervir unos mejillones y todo quedó dispuesto para agregar el arroz… ¡Los mejillones! ¡Seguro que fueron los mejillones! ¿O fueron las almejas? No tiene sentido buscar culpables. Ese sabor acre, extraño, oscuro… ¿puede ser oscuro un sabor?... tal vez; al menos a mí me ha nublado el día. Del gusto prometido y ansiado he pasado al más negro disgusto.

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