Tengo la costumbre inveterada de sintonizar la radio mientras desayuno. Cada mañana, cuando me siento a la mesa, casi como un autómata, presiono la tecla de encendido para escuchar las noticias. Es una rutina que sólo interrumpo si estoy de viaje o en otros lugares distintos de mi casa; siempre escucho la misma emisora, por eso no muevo el dial; sí, el dial; en eso sigo siendo analógico. Convivo con esta radio, o tal vez sea ella la que convive conmigo, hace treinta años; me es fiel; no me falla nunca, a no ser que por circunstancias del tiempo atmosférico se crucen las ondas y se produzca ruido; esa deficiencia hace que los sonidos se vuelvan totalmente inconexos e inentendibles.
Hace unos días, ya estaba yo con las tostadas preparadas y el
café en su punto, cuando una serie de interferencias me obligaron a levantarme
de la mesa para ajustar mejor la sintonía. Fue imposible; no podía distinguir
las palabras del locutor; quedaban solapadas en un conjunto informe de
estridencias.
En vez de pulsar la tecla de apagado moví el dial a un lado y
otro tratando de sintonizar mejor la emisora. O encontrar otra también
emitiendo noticias. En vano; aun a riesgo de que se enfriara el café y las
tostadas quedaran fuera de punto, seguí en mi empeño. De pronto, en ese ajetreo
de búsquedas, en uno de los puntos de la banda de emisoras, sonó nítida y
transparente una música que yo conocía. Instintivamente me detuve; aquellos
sonidos eran agradables y me transportaban a momentos ya pasados, a la vez que
me traían recuerdos imprecisos. Volví a la mesa; hoy desayunaría escuchando
música en lugar de noticias.
Unos minutos después cesó la música y se impuso la voz bien
modulada de un locutor; me pareció una persona joven, pero muy experimentado en
diversas lides radiofónicas. Por la manera de expresarse, entendí que conducía
y moderaba una tertulia; esta debía de haber empezado antes del corte musical
pues no hizo ninguna presentación de los personajes que en ella intervenían.
El primero que tomó la palabra fue un hombre; por su manera
de hablar y expresarse, yo diría que se trataba de una persona de mediana edad,
con experiencia en negocios de barcos fluviales orientados al turismo de
paisaje en entornos rurales. Lo imaginé bien vestido, con traje azul claro;
seguro que su rostro denotaba interés en el tema
Después habló una mujer; tenía una voz suave, pero monótona,
con pocas inflexiones, sin cambio apenas de registro. La imaginé alta, bien
vestida, pelo oscuro, recogido por detrás en una especie de cola de caballo.
Diría que era guapa, pero, al mismo tiempo, carente de atractivo Hacía
referencia a rutas, tanto a pie como en bicicleta, que discurrían entre
viñedos. Supuse que estaría relacionada con alguna agencia o empresa de turismo
que buscaba atraer visitantes a zonas alejadas de las grandes ciudades en busca
de naturaleza pausada y relajante. Pero sus palabras carecían de entusiasmo y
tenían más tintes de ser obviedades que de resaltar los atractivos de los
lugares sobre los que giraba la conversación de los tertulianos.
Hablaron más personas, pero yo no podía saber aún qué se
debatía en aquella tertulia. Ya había terminado de desayunar, no obstante, me
pudo la curiosidad y decidí seguir escuchando. Habló otra persona; era un
lugareño, alguien que conocía la zona, su voz le delataba y dejaba al
descubierto su expresión poco cuidada; sin embargo, sus conocimientos sobre los
lugares a los que se referían eran muy precisos. Estoy seguro de que se trataba
de un señor mayor; aunque no lo dijo, yo sobreentendí que había pastoreado
rebaños de ovejas y cabras en esas zonas. Tal vez fuera el contrapunto al resto
de intervinientes.
Otra persona más intervino en el debate; su voz indefinida no
me permitió discernir con exactitud si era hombre o mujer. No es que hablase
con desgana, pero daba esa sensación; es como si estuviera de vuelta de todo lo
que los otros decían, como si sus argumentos no tuviesen validez para él; no
intentaba rebatirlos; tan sólo exponía los suyos y parecía tener la certeza de
que estos eran superiores a todos los demás que allí se estaban exponiendo. En
su intervención mencionó como de pasada una vieja estación de ferrocarril
abandonada hacía tiempo; Barca d’Alba, dijo.
Desconecté la radio; ya había oído bastante; aquellos
tertulianos, estoy seguro, discutían y debatían aspectos relacionados con
turismo de naturaleza. Los viñedos que crecen en las márgenes del río Duero y
ascienden por las suaves pendientes del valle. Estos y el río componían un
binomio de posibilidades de desarrollo turístico extraordinario.
El río Duero es navegables desde que sale de España en Barca
d’Alba hasta Oporto. Cuando llega a los Arribes gira hacia el Atlántico; se
ensancha y su corriente se torna más pausada. En aquella tertulia se debatía
sobre cuestiones turísticas relacionadas con la navegación por el Duero
combinada con el aprovechamiento de las rutas que se abrían entre los viñedos y
que recorrían las localidades del valle. Rutas a pie o en bicicleta ofertadas
desde el propio barco, que sería la residencia y el trasporte de los turistas.
Al mismo tiempo se promocionarían los excelentes vinos de la zona.
Aquella tertulia, o parte de ella, hizo crecer en mi el deseo
de visitar esos parajes y disfrutar de los paisajes. Iría algún día, seguro. Lo
haría en otoño, poco antes de la vendimia para gozar de ese estallido de
colores ocre, rojizo, siena, amarillo pálido de los viñedos. Y sentarme al
atardecer en algún pequeño embarcadero para llenar mi espíritu de la
mansedumbre del río mientras lentamente se desliza por sus aguas todo el
colorido otoñal de las colinas que lo rodean a la vez que el sol va poniéndose
allá en la lejana línea que marcan las aguas y el cielo abrasado de luces
imposibles y claroscuros hundiéndose en el río.
Pero mañana, a la hora del desayuno, seguiré con mi emisora
de noticias, si las ondas hercianas no enloquecen.
No hay comentarios:
Publicar un comentario