miércoles, 5 de marzo de 2025

UNA TERTULIA DE RADIO

Tengo la costumbre inveterada de sintonizar la radio mientras desayuno. Cada mañana, cuando me siento a la mesa, casi como un autómata, presiono la tecla de encendido para escuchar las noticias. Es una rutina que sólo interrumpo si estoy de viaje o en otros lugares distintos de mi casa; siempre escucho la misma emisora, por eso no muevo el dial; sí, el dial; en eso sigo siendo analógico. Convivo con esta radio, o tal vez sea ella la que convive conmigo, hace treinta años; me es fiel; no me falla nunca, a no ser que por circunstancias del tiempo atmosférico se crucen las ondas y se produzca ruido; esa deficiencia hace que los sonidos se vuelvan totalmente inconexos e inentendibles.

Hace unos días, ya estaba yo con las tostadas preparadas y el café en su punto, cuando una serie de interferencias me obligaron a levantarme de la mesa para ajustar mejor la sintonía. Fue imposible; no podía distinguir las palabras del locutor; quedaban solapadas en un conjunto informe de estridencias.

En vez de pulsar la tecla de apagado moví el dial a un lado y otro tratando de sintonizar mejor la emisora. O encontrar otra también emitiendo noticias. En vano; aun a riesgo de que se enfriara el café y las tostadas quedaran fuera de punto, seguí en mi empeño. De pronto, en ese ajetreo de búsquedas, en uno de los puntos de la banda de emisoras, sonó nítida y transparente una música que yo conocía. Instintivamente me detuve; aquellos sonidos eran agradables y me transportaban a momentos ya pasados, a la vez que me traían recuerdos imprecisos. Volví a la mesa; hoy desayunaría escuchando música en lugar de noticias.

Unos minutos después cesó la música y se impuso la voz bien modulada de un locutor; me pareció una persona joven, pero muy experimentado en diversas lides radiofónicas. Por la manera de expresarse, entendí que conducía y moderaba una tertulia; esta debía de haber empezado antes del corte musical pues no hizo ninguna presentación de los personajes que en ella intervenían.

El primero que tomó la palabra fue un hombre; por su manera de hablar y expresarse, yo diría que se trataba de una persona de mediana edad, con experiencia en negocios de barcos fluviales orientados al turismo de paisaje en entornos rurales. Lo imaginé bien vestido, con traje azul claro; seguro que su rostro denotaba interés en el tema

Después habló una mujer; tenía una voz suave, pero monótona, con pocas inflexiones, sin cambio apenas de registro. La imaginé alta, bien vestida, pelo oscuro, recogido por detrás en una especie de cola de caballo. Diría que era guapa, pero, al mismo tiempo, carente de atractivo Hacía referencia a rutas, tanto a pie como en bicicleta, que discurrían entre viñedos. Supuse que estaría relacionada con alguna agencia o empresa de turismo que buscaba atraer visitantes a zonas alejadas de las grandes ciudades en busca de naturaleza pausada y relajante. Pero sus palabras carecían de entusiasmo y tenían más tintes de ser obviedades que de resaltar los atractivos de los lugares sobre los que giraba la conversación de los tertulianos.

Hablaron más personas, pero yo no podía saber aún qué se debatía en aquella tertulia. Ya había terminado de desayunar, no obstante, me pudo la curiosidad y decidí seguir escuchando. Habló otra persona; era un lugareño, alguien que conocía la zona, su voz le delataba y dejaba al descubierto su expresión poco cuidada; sin embargo, sus conocimientos sobre los lugares a los que se referían eran muy precisos. Estoy seguro de que se trataba de un señor mayor; aunque no lo dijo, yo sobreentendí que había pastoreado rebaños de ovejas y cabras en esas zonas. Tal vez fuera el contrapunto al resto de intervinientes.

Otra persona más intervino en el debate; su voz indefinida no me permitió discernir con exactitud si era hombre o mujer. No es que hablase con desgana, pero daba esa sensación; es como si estuviera de vuelta de todo lo que los otros decían, como si sus argumentos no tuviesen validez para él; no intentaba rebatirlos; tan sólo exponía los suyos y parecía tener la certeza de que estos eran superiores a todos los demás que allí se estaban exponiendo. En su intervención mencionó como de pasada una vieja estación de ferrocarril abandonada hacía tiempo; Barca d’Alba, dijo.

Desconecté la radio; ya había oído bastante; aquellos tertulianos, estoy seguro, discutían y debatían aspectos relacionados con turismo de naturaleza. Los viñedos que crecen en las márgenes del río Duero y ascienden por las suaves pendientes del valle. Estos y el río componían un binomio de posibilidades de desarrollo turístico extraordinario.

El río Duero es navegables desde que sale de España en Barca d’Alba hasta Oporto. Cuando llega a los Arribes gira hacia el Atlántico; se ensancha y su corriente se torna más pausada. En aquella tertulia se debatía sobre cuestiones turísticas relacionadas con la navegación por el Duero combinada con el aprovechamiento de las rutas que se abrían entre los viñedos y que recorrían las localidades del valle. Rutas a pie o en bicicleta ofertadas desde el propio barco, que sería la residencia y el trasporte de los turistas. Al mismo tiempo se promocionarían los excelentes vinos de la zona.

Aquella tertulia, o parte de ella, hizo crecer en mi el deseo de visitar esos parajes y disfrutar de los paisajes. Iría algún día, seguro. Lo haría en otoño, poco antes de la vendimia para gozar de ese estallido de colores ocre, rojizo, siena, amarillo pálido de los viñedos. Y sentarme al atardecer en algún pequeño embarcadero para llenar mi espíritu de la mansedumbre del río mientras lentamente se desliza por sus aguas todo el colorido otoñal de las colinas que lo rodean a la vez que el sol va poniéndose allá en la lejana línea que marcan las aguas y el cielo abrasado de luces imposibles y claroscuros hundiéndose en el río.

Pero mañana, a la hora del desayuno, seguiré con mi emisora de noticias, si las ondas hercianas no enloquecen.

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