Tal vez, engreída en exceso por el éxito de sus canciones, Madonna se había comprometido a dar un concierto a los pies de las laderas nevadas del volcán Snaefellsnes. Iría, seguro; además tendría ocasión de llegar a la cima del volcán y comprobar cómo fue posible que Lidenbrock, Axel y Hans entraran en él e iniciaran así su “Viaje al centro de la tierra”.
Le sorprendió que por aquel camino pedregoso e irregular no
transitara nadie a esas horas de la mañana ya avanzada; ¿no sabrían que ella
actuaría poco después de mediodía?
Iba sola; los músicos de su banda y los instrumentos
musicales esperaban ya en la explanada al pie del volcán; caminaba con cierta
dificultad porque las piedras sueltas del camino le hacían daño en los pies. De
pronto, de entre las rocas volcánicas de la ladera, surgió un ruido raro y una
nubecilla de humo. Se asustó; no podía ser que el volcán, después de tiempo
inmemorial sin hacerlo, se despertara ahora, justo cuando ella iba a dar el
concierto. Pero no; quien salió de allí fue el propio Julio Verne con su pipa
humeante en la boca. Se plantó ante ella y le conminó a entregarle su
maravillosa y potente voz. Estaba seguro que aquellos sonidos chocarían en las
pardes estrechas de la chimenea del volcán y conseguirían romper las rocas y
facilitar así el descenso de los personajes del relato por el interior del
cráter.
¡La voz o la vida!, le gritó enfurecido. Y le robó la voz. En
efecto, Madonna se quedó muda y no pudo decir a Julio Verne que el “Viaje al
centro de la Tierra” lo había escrito muchos años atrás.
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