Mediaba octubre, pero los días todavía eran templados y agradables. En el ambiente ya se percibía el aroma levemente terroso de las primeras fincas recién aradas. Sentado a la puerta de la caseta de la huerta, contemplaba yo mis manzanos totalmente despojados de la fruta. Había terminado de recoger, poco antes, las últimas manzanas y las tenía dispuesta para almacenar convenientemente.
Este año la cosecha había sido generosa. Abril, por suerte,
no trajo heladas ni fríos excesivos. Eso permitió un desarrollo adecuado, sin
sobresaltos de brotes y flores.
Yo estaba contento y satisfecho; el olor dulce y húmedo de
las manzanas en los cestos acentuaba en mí una sensación intensa de bienestar;
era como una recompensa al trabajo desarrollado con la tierra y con los
árboles.
Tomé una manzana de aquellas, verdeamarillenta con leves
tintes ocres; su aroma, limpio y débilmente ácido, me animó a morderla con
fruición. Fue como una explosión de frescura efervescente en mi boca; al mismo
tiempo un cúmulo de recuerdos acudieron en tropel a mi cerebro y se extendieron
por todo mi cuerpo hasta experimentar una inmensidad de sensaciones distintas.
De nuevo sentía en mis manos la rugosidad de las ramas cuando podaba los
árboles, allá por la menguante de febrero; podía oír el chasquido metálico de
la tijera al cortar; más de un rasguño y rozadura quedaron en mis dedos.
Me llegaba nítidamente el olor acre e intenso de insecticidas
y aceites protectores, así como las vaharadas putrefactas del estiércol al extenderlo
alrededor de los árboles; la tierra removida y abonada bajo ellos era una
promesa de frutos venideros.
Aquí sentado mordiendo satisfecho esta manzana, si entorno
levemente los ojos soy capaz de ver con nitidez como surgen las flores en las
ramas casi desnudas aun de hojas; se abren despacio, blancas y tenuemente
rosadas hasta estallar en un festival de luces, colores y aromas, como una
inmensa sonrisa de futuro. Percibo el susurro sutil, indefinible de las abejas
volando de una flor a otra; son contrapuntos livianos, inestables, marrones… en
danza intermitente sobre los árboles. Llega también hasta mí el viento, a veces
violento y todavía frío de los últimos días de abril.
Avanza la primavera y, en su retirada, se lleva flores y
abejas y deja en su lugar los frutos en formación. En mi recuerdo está presente
de manera viva y clara el sonido lejano del trueno que amenaza tormentas y
granizos y me deja un poso de inquietud. ¡Tantas veces se llevó las manzanas en
ciernes!
Texturas, olores, imágenes, zumbidos leves, inquietudes…se
acumulan ahora en mi boca cuando paladeo el dulzor almibarado y con un punto de
refrescante acidez de esta manzana. Es como si me comiera, en un momento, las
estaciones.
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