Pedaleaba despacio disfrutando del aire limpio de la mañana. Chopos altos y sauces de hojas tristes cubrían con su sombra algunas zonas del camino; entre ellos florecían los espinos; hasta el aroma de sus flores era blanco.
Si entornaba levemente los ojos podía imaginar los raíles, las traviesas y el balasto que daban forma a la vía por la que, dos veces al día, circulaba aquel viejo tren con locomotora de carbón; incluso el recuerdo de la larga estela de humo que quedaba tras él le llegaba con nitidez. Hoy era una vía verde.
¡Cuántas veces había viajado en aquel tren! No había otro medio para trasladarse a la ciudad desde los pequeños pueblos perdidos entre montañas, desfiladeros y llanuras donde se cultivaba trigo y patatas.
- Un billete de ida y vuelta, por favor. -pidió al hombre joven que estaba detrás de la ventanilla.
- Que tengas un buen viaje. -le dijo este sonriente.
- Gracias; hasta la tarde. -y salió hacia el andén.
Aquellas conversaciones breves y tantas veces repetidas le parecían ahora cercanas cuando se aproximaba al edificio abandonado de la estación. Quiso hacer memoria, pero tan sólo lograba recordar nítidamente la última.
- Ida y vuelta, como siempre. -dijo el hombre, afirmando más que preguntando.
- No, hoy sólo ida. -contestó ella en voz baja y una especie de sentimiento de culpa indefinido.
Ciertamente estaba triste; se encontraba bien en el pueblo, pero había llegado el momento de buscar otras alternativas que ofrecieran un futuro menos incierto. Sabía que cuando estuviera lejos se apoderaría de ella la añoranza, sin embargo, había tomado la decisión y esta era firme.
El joven que despachaba billetes la miró con una sonrisa mal disimulada de extrañeza y curiosidad, pero no hizo preguntas.
- ¿Qué tengas mucha suerte! -y le tendió la mano a través de la ventanilla.
- Gracias. -le dijo estrechando aquella mano.
No hubo más; salió al andén cuando el tren se aproximaba.
Arrancó el convoy renqueante emitiendo una especie de suspiros envueltos en humo; después silbó repetidamente y aceleró la marcha. Ella se asomó un momento por la ventanilla; atrás iba quedando la estación difuminada y borrosa; le pareció que el expendedor de billetes estaba en el andén. Apartó una lágrima traicionera y se acomodó en su asiento.
Estaba ahora, muchos años después, delante de aquella estación de la que tantas veces había partido y a la que tantas veces también había llegado. Volvía de nuevo, pero, ahora, en bicicleta.
Se detuvo; sintió deseos de entrar en ese caserón con sus paredes llenas de grafitis y el tajado arruinado y en parte hundido. Maleza y zarzas crecían alrededor, no obstante en la fachada seguía indeleble el nombre de la estación; de la campana que anunciaba la llegada y la salida de los trenes sólo quedaba el soporte y del reloj, la esfera vacía.
Un cartelón deslucido advertía del peligro de derrumbe, pero lo ignoró y franqueó la valla metálica que rodeaba el edificio. No fue fácil; la puerta de acceso al vestíbulo y sala de espera estaba desencajada de uno de sus goznes, pero pudo moverla lo justo. Experimentó una sensación casi familiar; por eso el desorden propio del abandono no le extrañó. Telarañas, polvo, suciedad… Cristales rotos y desconchones del yeso de las paredes cubrían el suelo. Dos tablones clavados en el marco de una de las ventanas la mantenían cerrada; de la otra, sólo quedaba el hueco. El cristal de la ventanilla de venta de billetes estaba agrietado, pero milagrosamente no se había desprendido de su marco; una pátina de polvo espeso le privaba de transparencia.
Accedió al pequeño local tras la ventanilla; era la oficina de venta de billetes y despacho a la vez del jefe de estación. La estantería adosada a la pared del fondo estaba apolillada; sólo un estante se mantenía en precario equilibrio. En él había viejos anuarios, rutas de trenes, folletos informativos y algún libro desencuadernado de ordenanzas y normas ferroviarias. Nunca antes había entrado allí; lo veía a través de la ventanilla cuando compraba los billetes. La mesa adosada a ella donde se sentaba el expendedor tenía los cajones abiertos y desencajados; estaban llenos de papeles desordenados y amarillentos. Billetes viejos sin haberse usado, notas varias, albaranes de despacho de mercancías, facturas desteñidas, sellos de goma vulcanizados con los tampones de tinta resecos y quebradizos, sobres de cartas antiguas con las direcciones borrosas… Uno de aquellos sobres le llamó la atención; el tiempo había agrisado el blanco original; faltaba algún tozo del mismo, pero podía leerse en el reverso el nombre del pueblo como único dato del remitente. A la dirección que figuraba en el anverso le faltaba un tozo de papel y el resto tenía las letras desvaídas. Pero pudo distinguir en ellas una parte de su nombre. ¿¡Cómo era posible que su nombre…!? Acabó de rasgar el sobre y leyó el contenido del papel que había dentro
Cuando terminó, una sensación extraña de angustia y duda se adueñó de ella. Alzó la vista y miró a través del cristal agrietado y sucio de la ventanilla; le pareció verse a sí misma al otro lado.
La luz y el calor del sol al salir, le devolvió a la realidad. Montó en su bicicleta y se alejó de la estación. Se limpió con el dorso de la mano unas lágrimas que se deslizaban por sus mejillas y pedaleó hacia el pueblo.
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