Todavía recuerdo mi lejana época en la universidad de Barcelona. Los alumnos de los primeros cursos recibíamos las clases en La Escuela de Estudios Mercantiles, arriba en Pedralbes. La Central, en Plaza Universidad era insuficiente. Aquellas aulas enormes con los pupitres, apenas bancos corridos con un leve soporte para los cuadernos, situados en escalones; eran incómodas, con acústica deficiente. Las ventanas, escasas y de reducido tamaño, dificultaban la entrada de luz y la ventilación adecuada.
En la parte más baja estaba situado el estrado con la mesa
del profesor y la pizarra. La disposición en escalera posibilitaba que los
alumnos tuviéramos buena vista de ambas. Sin embargo, era incómodo para el
profesor, sobre todo si le gustaba moverse por la clase mientras explicaba,
apenas podía hacerlo en la parte baja del aula; subir y bajar las escaleras al
ritmo de las explicaciones debía resultar, físicamente, agotador.
Por aquel tiempo, fumar era habitual en cualquier ámbito y
lugar, no había excepción durante las clases. Además, en la mayor parte de las
asignaturas que se cursaban, el número de alumnos era muy abundante, pasábamos
de cien con relativa frecuencia.
Si juntamos estas tres circunstancias a las que me he referido,
escasa ventilación, elevado número de alumnos y fumar sin ningún límite ni
prohibición, el resultado era que el aula entera se convertía en una nebulosa
azul grisáceo. Desde las últimas filas de pupitres, el profesor parecía más
lejano, casi ausente, hasta su voz llegaba impregnada en humo. Me imagino que
él, a su vez, vería a los alumnos del fondo del aula desdibujados, confusos y
desenfocados sus rostros. Esta situación era particularmente acentuada en dos
asignaturas: Latín y Filosofía. Las dos tenían el alumnado más numeroso; nunca,
en mi vida universitaria asistí a clases tan llenas como aquellas.
De los pocos recuerdos de esos días, aparte del ambiente de
humo pegajoso y denso, uno sobresale como un hito elevado sobre la niebla
cenicienta y permanece indeleble en mi memoria; no sólo eso si no que se ha
convertido en un hábito. Al comienzo del curso, en una de las primeras clases
de Filosofía, el profesor, envuelto en humo, nos dejó escrita en la pizarra una
frase lapidaria: “El periódico es la oración del hombre moderno”. Se grabó en
mi memoria de una manera permanente.
Han pasado más de cincuenta años y sigo leyendo el periódico
cada día, rezando esa particular oración un día y otro y otro…Este rezo mío
diario es agnóstico, tolerante, crítico, no comprometido con ningún dios,
sabiendo que cualquier noticia, cualquier verdad es poliédrica y cambiante.
Cuando miro hacia atrás, entre la bruma del tiempo y la
nebulosa de aquel aula tan lejana, veo a mi antiguo profesor de Filosofía,
abajo en su estrado, y siento hacia él un agradecimiento profundo por su
enseñanza sencilla, pero definitiva.
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